Juventud divino tesoro

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micuki
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Joined: Wed Feb 08, 2017 10:11 am

Juventud divino tesoro

Postby micuki » Sun Sep 24, 2017 11:36 am

Tras recoger el correo, Emilio entró en casa dirigiéndose a la cocina. La mañana había sido dura con las dos entrevistas de primera hora de la mañana. Conocía bien tanto a Luis como a Alberto con los que mantenía largos años de relación. Ello suponía que cada cual sabía de qué pie cojeaba el otro con lo que las negociaciones se hacían arduas y difíciles. De ninguno de los dos había sacado un sí por respuesta, quedando una semana más tarde para unas nuevas reuniones.

Las cinco menos diez marcaba el reloj de pulsera, antes de ponerse a revisar las diversas cartas que llenaban el buzón. Facturas y más facturas, siempre lo mismo. La luz, el teléfono que aquel mes habría subido más de la cuenta. Publicidad y propaganda sin interés de las que no hizo el más mínimo caso, acabando en el cubo de la basura como era costumbre.

Abrió el frigorífico tomando la botella de zumo y llenando seguidamente el vaso hasta arriba. Bebió a pequeños sorbos mientras revisaba las facturas. ¡Un buen palo, como ya imaginaba... malditos! Las olvidó dejándolas caer sobre la encimera, mientras quedaba sentado en el alto taburete saboreando un nuevo sorbo esta vez más largo. Se sentía cansado y enseguida se deshizo del nudo de la corbata dándose algo de libertad. No se quitaba de la cabeza la reunión con Emilio. Era duro de roer, un tiburón de los negocios como él también lo era. Había mucho en juego y no quería fallar en su apuesta.

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Entonces recordó a Alicia. Ella era parte fundamental del desasosiego que le envolvía, seguramente mucho más que aquellas condenadas reuniones que le tenían la mente embebida. La noche había sido movida, los dos lo habían pasado más que bien. Con su mujer y sus hijos en el pueblo de los abuelos, le había sido imposible negarse a los encantos de la joven muchacha. Debía olvidar lo sucedido horas antes... los dos debían olvidarlo, imposible repetirlo...

- ¿Hay alguien en casa? -preguntó sabiendo innecesaria la pregunta.

- ¿Alicia, dónde estás? -volvió a demandar esta vez en voz más alta.

- Estoy arriba... sube.

Ya en el piso superior y cruzando el pasillo, encaminó sus pasos hacia el dormitorio de donde procedía la voz suave y aflautada de la joven. ¿Qué estaría haciendo aquella loquilla? -pensó para sí mismo sospechando lo peor.

- Alicia, ¿qué estás haciendo?

- Ya lo ves, aquí tumbada esperándote -declaró divertida y traviesa.

La imagen que se le presentaba resultaba de lo más sensual que imaginarse uno pueda. La puerta del armario abierta, echada de lado en la cama y con las piernas dobladas le sonreía pícara.

- ¿Qué demonios haces en mi cama y con mi ropa puesta?

- Me apeteció ponerme algo tuyo, resulta sexy. ¿Es que no te gusta cariño? ¿Acaso te molesta? - interrogó ella haciéndose la cándida.

- No no, claro que no... es solo que podías preguntarme antes...

Con la camisa del hombre puesta y la corbata rodeándole el cuello, jugaba con esta última mostrándose en toda su belleza. La camisa abierta, pudo verle el pequeño pecho que la noche anterior había probado gustoso. Los ojos golosos se perdieron igualmente en el muslo que ella exhibía sin el menor recato. Emilio tuvo que tragar saliva ante lo voluptuoso del espectáculo que se le ofrecía. De todos modos, debía acabar con aquello aunque ciertamente le costara horrores. Alicia era su sobrina, la hija mayor de su hermano y ya toda una mujer como bien le había demostrado durante la agitada noche. Menudita y de encantadora figura, le había resultado imposible negarse a la tentación hecha vicio y morbo de aquella jovencita de la edad de su hija. Sé fuerte, sé fuerte y olvídala -una voz muda le decía al oído mientras otra le invitaba a pecar dejándose llevar por el deseo.

- Estás tenso tiíto. Relájate y pásalo bien.

- Tuve una mañana agitada y apenas pude dormir.

- ¿Tan cansado quedaste anoche? -le soltó sonriendo del modo perverso que tan atractiva la hacía.

- De eso quería hablarte. Debemos olvidar lo de anoche... es algo que no se puede repetir.

- ¿Olvidarlo? ¿Es que acaso no te gustó? -preguntó mimosa al llevarse la parte baja de la corbata entre los dientes.

- Fue una locura y los dos lo sabemos. Eres mi sobrina... ¿sabes qué pasaría si tus padres se enteraran?

- Pero no tienen porqué enterarse. Yo al menos no pienso decirles nada -declaró encarándole con el mismo gesto mimoso.

- ¡Estás loca, completamente loca! ¡Debes estar loca si piensas que esto puede continuar!

- ¿No grites quieres? ¿Es que no te gustaría volver a probar esto? ¿Ya no te acuerdas de lo bien que lo pasamos? -le interpeló mostrando sus bonitas formas al echar la camisa atrás.

- ¡Tápate anda! Venga te llevaré a tu habitación, ya duró demasiado este juego.

Entre las continuas protestas y quejas de la muchacha, la tomó de la mano dirigiéndose ambos al dormitorio del otro lado del pasillo. Allí la dejó sentada y con cara de nulo convencimiento.

- Quítate esa ropa y ponte otra cosa, te espero abajo.

¡Loca de atar, estaba completamente loca de atar! Así volvió a bajar a la cocina donde bebió medio vaso de zumo esta vez de un solo golpe, llenándolo una vez más. Necesitaba pensar y pensar rápido o la cabeza le iba a estallar. Con lo del trabajo no le faltaba más que una jovencilla loca por sus huesos...

Media hora más tarde y con la casa en silencio, subió las escaleras a ver qué hacía su joven sobrina. De veinte años recién cumplidos apenas tres meses antes, había sido ella quien le había seducido entregándose los dos a la total locura del sexo más desenfrenado. Con su mujer fuera no había podido decir que no al cuerpo desnudo y hermoso de aquella encantadora arpía. Era el vivo retrato de Inés, la madre de la joven y cuñada de Emilio con la que se había masturbado más de una vez imaginándola desnuda. Castaña como aquella y de media melena, Alicia era más menuda y con menos pecho que su querida cuñada lo cual no era óbice para que quitara el hipo el solo verla. También con la preciosa veinteañera se había masturbado alguna que otra vez sintiéndose después culpable por lo depravado de su actitud. Ahora todo había ido mucho más rápido de lo esperado, escapándosele de entre los dedos sin ser capaz de poner remedio a la situación.

- ¿Otra vez aquí? ¡Te dije que te quedaras en tu habitación!

- Sí claro pero quería hablar contigo de algo.

- ¿Hablar de qué? Vamos, te acompañaré a tu habitación -exclamó acercándose a ella para cogerla del brazo.

Sin embargo, la bella ninfa se le adelantó atrayéndole decidida hasta hacerle caer a su lado sobre la cama. Sentados el uno junto al otro, Alicia le tomó por la espalda al tiempo que bajaba la otra mano por la camisa de un blanco inmaculado.

- ¿No quieres jugar un poco? Lo pasamos muy bien anoche...

- ¿Estás loca? Ya te dije que lo que pasó no puede volver a repetirse. Fue un momento de locura y nada más.

- Pero a mí me gustó mucho -declaró zalamera acercándole la mano peligrosamente al pantalón.

- ¡Estate quieta quieres! Es imposible... eres mi sobrina... tu padre me mataría... -se defendió apartándole la mano.

- ¡A la mierda mi padre, yo quiero estar contigo! -gritó ahora ella de forma imperativa y plantándole la mano en la entrepierna.

Dos veces más se la apartó, no pudiendo resistir la tercera en que la joven volvió a pasearle la mano por encima del pantalón. ¡Era tan hermosa y la tenía tan dispuesta! ¿Quién podía oponerse ante semejante oferta como se le hacía? De golpe se le amontonaron en la cabeza toda la serie de imágenes vividas la noche anterior. Los besos delicados y tiernos, las caricias por encima del terso cutis de la joven, las lenguas entrelazadas una con otra, las palabras susurradas con las que le encendía... todo ello acabó en uno de los mejores encuentros que nunca había vivido. La juventud de ella unida a la experiencia del hombre formaron el cóctel perfecto con el que disfrutar de una cálida noche de caricias y perversión. Dos veces se corrió él y cuatro la muchacha quedando totalmente satisfecha gracias al poderío del hombre maduro. Luego se durmieron abrazados hasta el amanecer, abandonándola él cubierta por las sábanas y ronroneando agarrada a la almohada.

Y ahora le estaba pidiendo que la hiciera suya una vez más. ¿Cómo negarse a ello? Fue ella la que se recreaba pasándole la mano sobre el bulto oculto, la muy ladina sabía bien lo que quería. Le apartaba la mano y ella volvía a llevarla con interés malsano.

- Quiero probarla... no ves cómo responde -musitó entrecortada sin poder evitar revelar lo excitada que estaba.

Era cierto. El hombre no era de piedra como sí lo era lo que allí se notaba crecer en tamaño gracias a tan agradables caricias. La mano se movía vivaracha viendo la rápida respuesta que el encerrado soldado presentaba. Enseguida soltó la hebilla y el botón, bajando después la cremallera en busca del objeto tan deseado. Dejarla aparecer y ponerse a chuparla fue todo uno, envolviéndola entre los labios con un gruñido gozoso. ¡Qué viciosilla... cómo le gustaba aquello! Comía con ganas, metiéndosela y sacándola brillante de babas. Hasta el fondo para sacarla, incorporándose para una mejor posición. Pasó la lengua subiendo por el tronco y de nuevo para adentro al cerrar los ojos. Llevando el pelo atrás, aumentó el ritmo de las succiones, escuchándose el glup glup cada vez que la sacaba. Le miraba con sus ojos rasgados y Emilio no podía más que gozarlo, entregado a la turbia tarea con la que la joven le favorecía.

Ya completamente duro y curvado, el miembro palpitaba bajo el continuo chupar con que lo trataban. Deprisa, deprisa, la lujuriosa muchacha conocía bien lo que hacía ofreciéndole un trabajito de lo más erótico. Con la mirada le provocaba sin dejar de tragar más allá de la mitad. Al fin la sacó, masturbándola entre los dedos al observarla reluciente y erguida. Sonrió perversa ante lo voluble que el elemento masculino puede llegar a ser. Ya era suyo de nuevo, ahora seguro que no sería capaz de decir que no a lo que viniera.

Moviendo los dedos sobre el miembro erecto, llevó la piel atrás para deleitarse con la imagen perturbadora de aquel pequeño alien palpitante y escandalosamente inflamado. Amoratado por las caricias sufridas, a la joven le pareció lo más bello que nunca había visto.

- Es hermosa...

- Eres una brujilla, una brujilla adorable.

- ¿Te gusta verdad? ¿Ves como no puedes negarte a mis caricias?

- Eres mala.

- Pero te encanta -rió ella removiéndose sobre la cama antes de volver a meterse el duro instrumento.

La imagen de aquellos labios rosados corriéndole por encima del tronco le hicieron vibrar sin remedio, gimiendo débilmente al notar como la abandonaba dándole un mínimo respiro. ¡Era tan estupendo! Llevándole la mano entre los castaños cabellos, acompañó el movimiento de la cabeza adelante y atrás. Alicia se la introdujo hasta el fondo, haciendo tope los labios con los pelos del pubis masculino y así estuvo unos breves segundos antes de sacarla en busca de aire. Tremendo, no sabía cómo lo hacía pero lo conseguía sin aparente esfuerzo pese al tamaño del miembro.

- Ufff muchacha, eres fantástica.

Ella sonreía sin decir palabra, sólo dedicada a la agradable operación a la que se entregaba. Los ojos en blanco, maltrató el recio glande con suaves golpes de lengua que provocaron en el hombre un largo y sonoro suspiro. Alicia sabía de lo delicado del grueso capullo y a eso se dedicó lamiendo y chupando sin descanso. Su inflamado rival se removía con el roce metálico del piercing, quejándose brioso ante lo considerado del ataque. Por abajo, Emilio aprovechaba para jugar con la rajilla femenina que ya daba muestras de una más que interesante humedad. De nuevo notó el pene correr garganta abajo, apoyándole la mano hasta atragantarla. Al fin la abandonó gritando complacida, la mano moviéndose arriba y abajo entre los jadeos que su querido tío producía. Enloquecida por completo, escupió con rabia para seguidamente esparcir la saliva a lo largo del tallo.

- ¡Qué polla tienes... me encanta... la quiero, la quiero!

Más saliva por encima dejó caer para luego correr los dedos en un rápido movimiento arriba y abajo. Y de nuevo dentro de la boca, mamando con enorme apetito que la hacía perder el control de sí misma.

- Dios muchacha, eres tremenda.

- Vamos a hacer otra cosa, ¿quieres?

Con el hombre tumbado, se buscó la mejor posición quedando montada encima. Sentada sobre él se removía inquieta notando aquel grosor rozarle el muslo. Un gritito de emoción le escapó de los labios. El largo instrumento entre los dedos lo llevó a la entrada de su sexo para, con habilidad, metérselo dentro. Poco a poco y con el aliento vacilante por la pasión, consiguió clavárselo hasta notar los huevos pegados a ella. La guapa muchacha gimió enardecida al sentirse llena de él, la mirada perdida en un punto lejano y desconocido. Emilio se incorporó levemente rodeándole la cintura con el brazo mientras le acariciaba la curvilínea espalda.

- Ummmmm, arggggggh sí... la siento, la siento todaaaa...

Echándose adelante sobre su hombre, los amantes empezaron el juego del amor moviéndose acompasados y ganando ritmo entre los primeros jadeos que se escuchaban. Tomada de la cintura, Emilio empujaba hundiéndose con maestría mientras la jovencita se agarraba al cabecero de la cama soportando la locura que en ella se imponía. Humedeciéndose los labios y aumentando el volumen de sus gemidos y quejas, Alicia volvió a caer reclamando mayor vigor de su hombre. Él la tenía fuertemente cogida de las nalgas, acompañando los dos el continuo movimiento arriba y abajo. La mano corriendo sobre la espalda femenina, la llevó contra él para besarse con fruición, morreándose y buscándose impacientes las bocas y las lenguas. La muchacha necesitaba sentirle en su interior, moviéndose una y otra vez para arrancarle los más hermosos lamentos que su bonita boquita podía emitir.

Ciertamente le daba un morbo tremendo tenerla así, con su camisa gris puesta y cabalgándole despacio. La tez lívida y descompuesta por el placer, sollozaba entrecortada al elevarse para perforarse ella misma al caer sobre él. Quedó quieta y abrazada a su cuello y entonces empezó a remover el culillo en forma circular, moviéndose sobre el eje ardiente. El afortunado maduro la vio elevarse, mostrándose exultante ante el momento de locura que les envolvía. Las tetitas moviéndose frente a él, las tomó entre los dedos manoseándolas a su antojo con lo que la excitaba aún más. Cada vez que le caía encima sentía el roce de los muslos sobre los suyos. La joven echaba la mirada atrás, saboreando la poca imagen que los huevos masculinos le ofrecían golpeando entre sus redondas nalgas. Se movían enloquecidos, él ensartándola con fuertes golpes de riñones y ella dejándose caer entre la sucesión continua de gritos y palabras deslavazadas que susurraba entre dientes.

- ¡Lo quiero salvaje como anoche!

- ¡Eres una perra!

- Jajaja una perra sí, tienes razón... aunque aún no sabes lo perra que puedo llegar a ser -exclamó desafiante, los ojos fulgurantes y brillándole de un modo que no le conocía hasta entonces.

De pronto quedó quieta, la respiración alterada en busca de algo de alivio. Empezó ahora a moverse, subiendo y bajando lentamente para así disfrutar más el eje que la taladraba. La piel se le erizaba, un escalofrío se apoderaba de ella suspirando tímidamente y exigiendo continuar. Acomodada en cuclillas, resultaba mucho más fácil y profundo el botar. El miembro también resbalaba con mayor facilidad entre las paredes femeninas que lo envolvían gozosas. La joven veinteañera le cabalgaba de forma lenta, buscando el ritmo que más le convenía. No quería que se fuera pronto, lo quería disfrutar al máximo y sacar de él todo lo mucho que podía darle. Luego fue él el que percutió elevándola con fuertes golpes de riñones que la dejaron sin aliento al notar el primero de sus orgasmos. Siete, ocho golpes para parar cayendo la joven abrazada a él.

- Ufffff cariño, me matas... me mataaaassss -admitió recuperando brevemente el control de sí misma y sonriendo gratamente ante el poderío de su tío.

Emilio le cogió el bonito rostro entre las manos, volviendo a sacudirla con las enérgicas acometidas que le propinaba. Ella no pudo más que gritar sintiéndose transportada en un placer sin fin que la hacía vibrar con cada nuevo golpe. Los ojos en blanco, se llevaba la mano a la boca para aplacar el torrente de jadeos, gruñidos y gritos que por su boca pretendían escapar. Caía sobre él, se elevaba en éxtasis arqueándose con las manos apoyadas en el torso masculino. Se retorcía sin parar de removerse camino de un nuevo orgasmo mientras su amante incestuoso no dejaba de ofrecerle el placer intenso que tanto reclamaba.

- Clávamela toda, con fuerza vamossss.

- Muévete pequeña, muévete...

- Dámela, dámela... dámela toda hasta el fondo.

Los berridos de la joven envolvían la escena provocando en el hombre maduro un mayor ímpetu con el que tratar de satisfacerla. Aquella muchachita, su querida sobrina era una auténtica máquina de follar pidiendo más y más entre la catarata de orgasmos que le sobrevenían. Evidentemente cansada, no por ello mostraba debilidad o se procuraba un mínimo instante de respiro. Al fin pareció derrotada, abrazada a él y dejando que le besara y chupara su largo cuello de cisne.

- ¿Quieres más? -preguntó Emilio teniéndola bien enlazada por la cintura.

- Claro, todavía no hemos acabado. Necesito más...

Descabalgó de su montura para nuevamente tomar asiento esta vez de espaldas a él.

- Uffff sigue, sigue... es fantástico.

La polla entrándole suavemente, la perversa muchachita se llevó los dedos al clítoris para un mayor deleite. Emilio recuperó pronto el rápido batir, escuchándose el constante chocar que producían. Su joven amante le animaba a continuar con las más cálidas palabras que su boca calenturienta podía pronunciar.

- ¡Sigue, sigue... clávamela toda, clávamela todaaaaa!

Mordía la tela de la camisa, berreaba inconsolable mientras por debajo el músculo ardiente la devoraba por entero. Completamente abierta, acompasaron el ritmo unos segundos procurándose así un tímido desahogo. Entreabriendo los ojillos, pudo verse reflejada a través de la imagen que el amplio espejo frente a ellos producía. En un primer momento pareció no reconocerse a sí misma, el cabello alborotado cayéndole por encima del rostro contraído, la boca entreabierta, las manos de uñas largas y bien cuidadas apoyadas firmemente en los muslos del hombre. Emilio aprovechaba para masajearle los pechitos en lentos movimientos circulares para luego apoderarse de los oscuros pezones que pellizcó con descaro causando en ella un grito dolorido y horrible.

Enseguida fue la joven la que se removió, follándose ella misma con los ojos nuevamente cerrados como si así sintiera más. Adelante y atrás, arriba y abajo con las manos agarradas a la suavidad de las blancas sábanas, su dichoso tío disfrutaba el premioso cabalgar tratando de pensar en otra cosa para alargar el encuentro todo lo posible.

- ¡Rómpeme, la quiero toda... la quiero toda diossssssss!

La hermosa ninfa montaba ligera, agitándose como si en el aire la llevaran, trotando con viveza para enseguida suspirar gozosa al detenerse en seco. Aquel recio aparato la tenía loca, se mostraba incansable bajo ella pese al inaudito ritmo al que lo sometía. La habitación le daba vueltas, los brazos le fallaban bajo su peso mientras se sentía atravesada por la dura barra de carne.

Ayudándola a quitar la camisa, la colocó a cuatro patas con la cabeza hundida entre las sábanas. En pompa como la tenía, empezó a follarla lentamente mientras con el dedo le rozaba el estrecho agujero posterior. Ella gemía, ronroneando como una gatita al advertir el suave roce. El rostro dolorido y placentero al tiempo, se mordía el labio inferior soportando la fuerza del macho. Alicia se masturbaba pasándose los dedos por el clítoris mientras el maduro la follaba de forma complaciente. ¡Ummmm, qué gusto tan grande la hacía sentir! Agarrada a las sábanas, se cogió al brazo masculino para quedar de lado. Así podía ver el gesto de su tío, convertido ahora en su amante lo que hacía más inmoral todo aquello. Bufaba como un toro herido cada vez que se encajaba en ella, resbalando con comodidad en lo empapado de su sexo. Tan mojada estaba que ya no sentía dolor al abrirse, simplemente le acogía golosa entre las paredes vaginales. Y así siguieron gimiendo satisfecha ella y más satisfecho aún él al poseer nuevamente a su joven sobrina. No podía pensar en nada, sólo en el cuerpo que se le entregaba en perfecta comunión el uno y el otro.

Incorporándose la joven, el redondo culillo quedó totalmente ofrecido a la sucia visión del hombre maduro. Era delicado y bello con sus formas circulares y elevadas, un par de tiernas mollas que a cualquiera harían perder la razón. Luego subió la mirada por la espalda arqueada, esa parte de la anatomía femenina que tanto le excitaba... Alicia se dejaba llevar con los ojos cerrados, cogida por las caderas y tirándose atrás para notarse más penetrada.

- ¡Acaríciame los pechos por favor! -pidió necesitada de caricias.

Acercándola a él, Emilio le apretó los pechitos de forma intensa, marcándole los dedos en la tersa piel al atraerla sobre su pecho. Ella suspiró gozosa, el semblante mostrando una profunda emoción al verse envuelta en sus brazos.

- Acaríciamelos cariño, acarí... ciamelos...

- Me encantan... pequeñitos y jugosos como dos manzanas maduras.

- Oh por favor, no seas cursi -rió la joven ante las palabras junto a su oído.

Se retorció con el roce sincero de las manos bajándole por el cuerpo, resbalándole por los costados hasta quedar apoyadas en el muslo y la cadera. Los pechos redonditos y turgentes por la juventud, el hombre volvió a hacerse con ellos acariciándole las oscuras aureolas de los pezones. Eso la hizo vibrar, temblando toda ella bajo el influjo de aquel solo roce. Los pezones se endurecieron imparables bajo los dedos que los apretaban, toda ella rígida al notarle tras ella. Gimió débilmente deseando sentirse completamente suya. La mano de Emilio se deslizó del pecho a su coño empapado en jugos. Así la masturbó con rapidez haciéndola gemir angustiada. Los dedos rozaban el pene incrustado, al tiempo que jugaba con los labios buscando con lascivia el pequeño botón.

- ¡Acaríciame el coñito sí... mira que cachonda me tienes!

- Eres una muchachita muy caliente... estás empapada -exclamó llevándole dos de sus dedos a la boca y dándoselos a probar.

El cuerpo en tensión, se agarró a las sábanas estrujándolas entre los dedos con evidente ansiedad. El roce de los traviesos dedos por encima de su coñito junto a la presión que el miembro le producía era mucho más de lo que podía soportar. Se mareaba, necesitaba que la follara y así se lo pidió en un susurro casi inaudible pero que el hombre supo intuir.

- Fóllame tiíto...

- Eres tan ardiente querida -jadeó junto a su oído lamiéndoselo con fruición e indicando con ello la pasión que a él también le embargaba.

- Sí sí... sigue, sigue mi amor.

Reclamaba hecha un mar de súplicas mientras se abría más si eso era ya posible. Salió de ella y cogiéndose la polla se la pasó por encima haciéndola rabiar. De nuevo la penetró llenándola al traspasarla con suavidad, la carne le resbalaba entre las paredes y sólo paró al hacer tope. Un placer intenso le recorrió el cuerpo al notarse quieto en la humedad de la muchacha. Empezó a moverse adelante y atrás, masajéandole la parte alta de la nalga entre los quejidos y ayes placenteros que ella daba. Murmuraba entre dientes y con el rostro entre las sábanas, se lamentaba y él aprovechaba su total indefensión para clavarse con mayor dureza.

- ¡Me matas, me matassss... me vas a hacer correr de nuevo! -gritó entregada por entero a la agradable situación.

- Date la vuelta, quiero verte la cara -la hizo girar hasta quedar boca arriba.

En posición del misionero no tardaron en volver a estar acoplados, copulando como dos bestias en celo, jadeando entrecortado él y gritando la joven apretándole del culo para sentirle más. Un lamento tras otro, le clavó las uñas en la espalda haciéndole gritar al sentirse lacerado. Pero no por ello se detuvo, más bien al contrario empujando de forma endiablada entre el crujido ensordecedor que el somier hacía. El hombre maduro la penetraba cayendo con fuerza y ella sollozaba hundiendo las manos en el trasero masculino para que la penetrara más adentro. No faltaba mucho para que él éxtasis les visitara, pero aún así alargaron su locura unos segundos más.

- ¡Me viene... me viene! -avisó Emilio explotando en el interior de su cálido encierro.

- Sí sí... dámelo... córrete dentro quieres -chilló ella mirándole en espera del copioso elixir.

La leche cálida y abundante le corrió vagina adentro en una serie de trallazos cada vez más débiles y escasos. De todos modos la había llenado bien, se había recuperado en condiciones de la noche anterior. Era un buen macho -pensó la joven con la expresión confusa. Escapando el exhausto soldado de su prisión, unas últimas gotas soltó que cayeron sobre las deshechas sábanas. Gimoteando la muchacha, de su coñito abierto resbaló parte de la corrida que recogió con los dedos para llevarla a la boca saboreando los viscosos grumos con deleite. Doblándose derrotado sobre ella, el rostro alterado del hombre demostraba lo dichoso que se sentía.

- ¡Qué rica! -exclamó viciosa al sacar la lengua cubierta del semen blanquecino de su hombre.

- Eres una guarrilla... -dijo él deleitándose con la imagen libidinosa que su joven sobrina le ofrecía.

- ¡Me encanta su sabor! -aseguró riendo al abrir la boca y mostrarla sin resto alguno de lo que allí había pasado.

El maduro satisfecho flipó al ver cómo la joven lo había tragado todo, no era algo que esperara pero no pudo más que quedar fascinado por lo depravado de ella. Ahora sí supo que iba a ser difícil librarse de su querida sobrinita, no sabía cómo hacerlo pero debía deshacerse de su influjo si no quería que aquella bola se hiciera aún mayor...

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